Las huestes de inmorales desaciertos
de indómitas promesas prepotentes
estudian el placer de lo latente
miran con la miopía de los tuertos
Escuchen el clamor de los conciertos
que truenan en mi alma penitente
soy sordo a las certezas estridentes
y mudo ante el llanto de los muertos
En esta soledad fortificada
no llegan ni el lamento ni el deseo
de esta tropa indómita y sesgada
No creo, pues por fin me sé ateo
sediento de una fe descuartizada
y ya me queda solo lo que veo

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